Gandhi y el imperativo de la simplicidad
EL SWARAJ ANTE LA CRISIS SISTÉMICA

La adicción al progreso
puede esclavizar a todos los hombres
a una carrera en que ninguno
alcanzará jamás la meta.
-Illich
Humble living does not diminish. It fills.
Going back to a simpler self gives wisdom.
When a man makes up a story for his child,
he becomes a father and a child
together, listening.
-Rumi
Renounce and enjoy.
-Gandhi
Hoy es 2 de octubre y voy a recordar a Mohandas K. Gandhi a mi manera. En consonancia con el propósito expreso de este blog, me siento irresistiblemente impelido a rendirle tributo en su aniversario a uno de los grandes maestros de ese hedonismo austero que tanto quiero construir en mi propia vida. Hace dos años tuve el privilegio de estar en el Ashram de Gandhi en Ahmedabad, en el estado de Gujarat, para festejar su aniversario junto a miles de fieles de todas las grandes religiones de ese país, en un gesto conciliador y esperanzador, luego de los recientes y sangrientos enfrentamientos entre musulmanes e hindúes en ese estado de la India. Hoy, en la Cuenca del Polochic, en el departamento de Alta Verapaz, aquí mismo en esta mi Guatemala, celebro al Mahatma desde un lugar geográfico y espiritual muy distinto. He migrado… y he mutado.
Pareciera que finalmente hemos empezado a reconocer que la crisis mundial que hoy enfrentamos—ambiental, alimentaria, económica, social y política—es una crisis sistémica o civilizacional. Para superarla tendremos que cambiar profundamente nuestra forma de vida, pues no habrá solución técnica alguna que lo haga por nosotros, por mucho que lo deseemos. Como dijo Einstein, “no podemos resolver un problema usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando lo creamos.” Por estas razones, pienso que estamos maduros para volver a considerar seriamente las propuestas radicales de Gandhi (a quien Einstein, por cierto, admiró inmensamente: “sus opiniones son las más lúcidas de todos los políticos de nuestra era,” sentenció).
Como sería difícil, si no imposible, enumerar y hacerle justicia en este modesto tributo al inmenso compendio de contribuciones espirituales, filosóficas, políticas y prácticas que nos heredó el Mahatma, voy a dedircarme aquí a un solo aspecto de su vida y enseñanza. Traducido generalmente (no sin cierta torpeza) como autogobierno—y que se aproxima quizá a ciertas interpretaciones actuales de la autonomía—el Swaraj es para mí, hoy, el concepto más relevante en el arsenal de la noviolencia gandhiana. “Swaraj es una palabra sagrada, una palabra védica, que significa auto-gobierno y auto-limitación, y no la libertad de toda limitación que la ‘independencia’ usualmente connota” (Gandhi, Village Swaraj).
Al escribir Hind Swaraj, una de sus obras seminales, Gandhi hablaba con urgencia de la liberación de la India del yugo del Imperio Británico. Pero no se refería solamente a la liberación nacional, sino también, y más aun, a la liberación de los indios de la mentalidad esclavizante que habían interiorizado y que les impedía ser realmente libres. El autogobierno de la India, decía él, sería imposible sin el autogobierno de cada persona; ambas liberaciones iban de la mano, ambas se alcanzarían por medio de la verdad y la noviolencia, pero la primera dependería de la última. ¿De qué se trata, entonces, el Swaraj?
Cuando en los años 80 Iván Illich visitó la choza del Mahatma—Alma Grande, en hindi—le impresionó “su sencillez, belleza y orden. La choza”, admiró, “proclama el mensaje de amor e igualdad de todos los hombres.” No pudo entonces evitar hacer la comparación con la casa en que lo habían recibido unos amigos en Delhi cuando llegó a la India. Se trata del tipo de casa que la modernidad nos ha enseñado a desear. A diferencia de la choza de Gandhi, la casa moderna donde se alojó Illich en Delhi estaba llena de comodidades, de artículos de conveniencia y de instalaciones de servicios modernos diseñados para “facilitar” la vida (se les llama facilities en inglés, recordemos). Illich, que vivía en Ocotepec, Morelos, en un hogarcito similar a la choza de Gandhi, meditó entonces: “una casa instalada con todo tipo de objetos cómodos muestra que nos hemos vuelto débiles. En la medida en que perdemos la capacidad de vivir, dependemos más de los bienes que adquirimos.” El contraste que hace Illich entre el hogar de Gandhi y la casa en Delhi es revelador de algo más profundo sobre la naturaleza de la sociedad industrial y nuestro lugar en ella: una que genera dependencia adictiva y nos vuelve pobres en medio de tanta opulencia.
Afín con este espíritu, reflexiona Illich: “El arte de vivir es lo que a mí y a mis iguales nos distingue de los animales. Y digo ‘a mis iguales’ para que todo el que lo desee pueda separarse de mí. Ante el dolor se arredra el mismo gusano, mientras que el placer que proporciona el azúcar atrae también a las moscas. Estos seres vivientes actúan en consonancia con sus genes y danzan al compás que les marcan sus instintos. Yo no. Para mí y mis iguales, el dolor es algo que puede ser padecido, mientras que con el placer puedo y quiero alegrarme. No me dejo arrebatar ni la alegría ni el sufrimiento: en ambos busco apoyo.”

Es común escuchar los elogios floridos que profesionales, expertos y líderes políticos de la sociedad contemporánea derraman sobre Gandhi. Tanto ellos, como la mayoría de personas que están insertadas en la modernidad, y cuyas profesiones dependen de sus instituciones inhabilitantes, consideran la vida de Gandhi como digna de recordar y de celebrar, claro, pero a la vez, como una anomalía excéntrica y excepcional que le corresponde a un casi-santo. Para ellos se trata de una vida inspiradora e inimitable—como la de Jesucristo—y por lo mismo impracticable y anacrónica, una ruta que requiere el tipo de renuncia y austeridad a la que solamente algunos pueden y deben aspirar, pero que de hecho va en contra del Progreso y el Desarrollo e incluso de nuestra “Naturaleza Humana” (todas con mayúsculas, por cierto). Yo no soy uno de ellos. Y Gandhi, de paso, no fue ningún santo. En la medida en que dimensionemos su modesta humanidad, nos podremos acercar a su propuesta e irla asumiendo como propia.
Medito sobre Gandhi con cierto pesar, rodeado de exuberantes montañas verdes en una región del país que por siglos fue muy rica—en el sentido verdadero de la palabra—y que luego fue violada por conquistas, colonizaciones, explotaciones, exterminios e innumerables otras vejaciones. Pero la gente q’eqchí’ de esta región, gente digna que no ha perdido del todo su espíritu comunitario y su consciencia de la relación íntima que tiene el ser humano con la naturaleza, hoy enfrenta una amenaza más insidiosa y en el fondo más destructiva que las biblias, las balas y el café de exportación: el gusanito seductor del Desarrollo.
Porque verán ustedes: siento una terrible angustia al percibir que muchos hermanos y hermanas en esta lucha, indígenas y ladinos, pobres y ricos, de este país y de otros, no logran ver que la justicia, la dignidad, la libertad y el verdadero bienestar, no se podrán alcanzar jamás por la vía del Desarrollo occidental y la sociedad industrial. Sus buenas intenciones no dejan de estar cegadas por la gran ilusión modernizante que ha colonizado nuestras mentes y nuestros corazones. Sin importar la bandera que agitan o el color de su ideología, no logran ver que la liberación de las personas y de los pueblos se encuentra, no en la opulencia paralizante de la modernidad industrial, sino en la riqueza vital del Swaraj.


Escribo estas palabras mientras miles de personas a mi alrededor inmediato luchan—y a veces pagan con sus vidas—por el derecho a un pedazo de tierra. Veo claramente la pobreza que ha sido generada por siglos de despojo, marginación y opresión; por la Reforma Liberal del siglo XIX que impuso las grandes fincas de café y el régimen del colonato en la región; por las políticas de exterminio y de divisionismo que introdujeron los gobiernos militares y sus cómplices; veo esa pobreza que apenas se empieza a vislumbrar en la enorme brecha estadística que existe entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco en este país. Veo también cómo se amplifica esta pobreza cuando son los mismos pobres quienes pagan la factura de las llamadas externalidades de la economía; es decir, cuando los pobres se ven obligados a pagar el costo ecológico y sanitario de la riqueza que es generada, en la mayoría de los casos, a sus costillas.
Pero aun viendo todo esto, hay algo que me preocupa más que la lucha por la justicia básica, pues se trata de algo más insidioso y menos evidente, y que nos incumbe a todos, tanto a ricos como a pobres. Hago eco de las palabras de Illich: “Al igual que aquéllos a quienes busco como lectores, estoy profundamente comprometido con el acceso radicalmente equitativo a los bienes, los derechos y los empleos, por lo que encuentro casi innecesario insistir en nuestra lucha por este aspecto de la justicia. A mi juicio es mucho más importante y difícil de manejar su complemento: la política de convivencialidad.”
Admiro y respeto a mis hermanas y hermanos indígenas y campesinos que luchan con dignidad y tenacidad por sobrevivir y por prosperar, por fortalecerse como pueblos y abrir nuevos caminos. También admiro y respeto a los miles de hermanos y hermanas de las ciudades del mundo—muchas veces provenientes de los mismos países que se beneficiaron de la expoliación y la rapiña del continente y que nos exportaron la violencia sistémica de una cultura hegemónica demoledora—que hoy huyen de sus trabajos bien pagados, de sus condominios suburbanos, de sus televisiones gigantes, de sus jardines perfectos, de sus universidades de primera clase y de sus grandes metrópolis modernas, en busca de la vida simple que les fue negada por una cultura economicista voraz que destruyó todos sus nexos con la naturaleza, sus congéneres y su espiritualidad.
No podemos permitir que lo que no lograron las conquistas, inquisiciones y guerras de ayer, lo logren hoy las escuelas, la televisión, los dólares, las promesas bien-intencionadas de desarrollistas de derechas y de izquierdas, de gobiernos y de ONGs, de empresas privadas y del sector civil, y sobre todo, la persistente ilusión de que el crecimiento económico y el progreso material pueden continuar indefinidamente y generar bienestar para todos. Hoy más que nunca, debemos reconocer el deseo justo y legítimo de indígenas y campesinos de hacerse valer ante una sociedad sorda y ciega ante la injusticia centenaria, y apoyar sus luchas por la autonomía de sus pueblos. Debemos continuar regenerando los ámbitos de comunidad, tanto en el campo como en la ciudad. Debemos seguir imaginando y construyendo formas propias y novedosas del buen vivir. Porque desistir en estos empeños, implicaría la desaparición de formas diversas de vivir la vida y de concebir nuestro lugar en ella; implicaría la pérdida de nuestra imaginación política, de nuestra autonomía personal y colectiva, y de nuestro potencial generativo; implicaría legitimar lo que Illich llama “la guerra contra la subsistencia” y la pérdida del “arte de vivir y morir”; y ultimadamente, fracasar implicaría, como estamos empezando a reconocer, el probable fin de nuestra especie.
En su Village Swaraj, su obra dedicada al autogobierno de las aldeas, dice Gandhi:
“He escuchado a muchos de mis compatriotas decir, que obtendremos la riqueza de los Estados Unidos de América pero evitaremos sus métodos. Me atrevo a sugerir que dicho empeño, si se intenta, está destinado a fracasar. No podemos ser “sabios, mesurados y furiosos” al mismo tiempo…. No es posible concebir dioses mientras se habita una tierra vuelta horrenda por el humo y el ruido de enormes chimeneas y de fábricas, y cuyas carreteras son atravesadas por motores frenéticos que arrastran a hombres amontonados que desconocen, en su mayoría, lo que persiguen, que se encuentran abstraídos, y cuyos ánimos no mejoran al estar incómodamente apeñuscados como sardinas en cajones; al encontrarse en medio de completos extraños, que los expulsarían si tuvieran la oportunidad y a quienes ellos mismos, a su vez, expulsarían de manera similar. Me refiero a estas cosas porque se consideran simbólicas del progreso material. Pero no añaden un solo átomo a nuestra felicidad…. Estoy convencido de que si la India ha de lograr su verdadera libertad y a través de ella el mundo también, entonces más temprano que tarde tendrá que ser reconocido el hecho de que la gente tendrá que vivir en aldeas, no en ciudades, en chozas y no en palacios. Millones de personas jamás podrán vivir en paz los unos con los otros en ciudades y en palacios. No tendrán alternativa más que recurrir a la violencia y a la no-verdad. Yo sostengo que sin la verdad y la noviolencia no puede haber más que destrucción para la humanidad. Podemos alcanzar la verdad y la noviolencia solamente en la simplicidad de vida de una aldea… No debo temer si el mundo hoy se mueve en la dirección contraria. Puede ser que incluso la India se mueva en esa misma dirección y que, como la mariposilla proverbial, se consuma en la llama alrededor de la cual danza cada vez con mayor frenesí. Pero es mi compromiso y mi deber hasta mi último aliento, el tratar de proteger a la India—y a través de ella al mundo entero—de semejante destrucción.”
Gandhiji, como le decían sus amigos, se esforzó diariamente por encarnar los principios en que creía, tratando de convertirse en un ejemplo vivo de aquello que predicaba. “Esta choza denota el placer que es posible derivar cuando se está a la par con la sociedad. Aquí el autovalimiento es la regla del juego,” concluye Illich. El Swaraj por el que el Mahatma luchó para la India, y que pagó con su vida, fue saboteado poco después de su muerte, por nada menos que sus más cercanos amigos y herederos, y por todos sus sucesores desde entonces, que no pudieron resistir la seducción de esa sombría ilusión que proyecta Occidente a lo largo y ancho del planeta: el Progreso. Hoy, la India es un poderoso país más, “en vías de Desarrollo”; en cierto sentido, un espejismo grotesco de lo que Gandhi menos deseaba para su tierra y sus compatriotas. Al final, logró conquistar sólo para sí mismo el autogobierno al que dedicó cada día de su vida, pero no sin antes inspirar a millones y dejar sembrada su desafiante semilla para futuras generaciones.

enseres de Gandhi como quedaron tras su muerte
“La choza de Gandhi”, recuerda Illich, “demuestra al mundo cómo la dignidad del hombre común puede salir a flote. También es un símbolo de la felicidad que podemos derivar de la práctica de los principios de sencillez, servicio y veracidad.” Gandhi, como Illich después de él, demostró en su propia vida que la renuncia no tiene porqué ser un martirio, sino que puede ser todo lo contrario: un acto gozoso que conduce a la armonía y la plenitud.
En lugar de predicar utopías, Gandhi fue un digno ejemplo de la congruencia personal. Encarnó la vitalidad, la autonomía y la libertad creadora de las que todos seríamos capaces, si tan sólo renunciáramos voluntariamente a todo aquello que nos limita. En mi opinión, Gandhi personifica la certeza de que los actos más modestos de nuestras vidas cotidianas pueden tener un magnífico poder transformador, y generar impactos profundos y determinantes en la vida de los Pueblos y las naciones. Hoy, lleno de esperanza, celebro al pequeño maestro indio que nos desafió, dejando abierto un modesto camino y un inmenso horizonte hacia donde mirar.
San Miguel Tucurú, Alta Verapaz
2 de octubre de 2009

**Las fotos fueron tomadas en Cuzco, Perú; Alta Verapaz, Guatemala; Udaipur, India; Gujarat, India y; Laksman Jhula, India, respectivamente. Son retratos de amig@s y compañer@s que están empeñados en construir una vida simple, sustentable y plena en la era del Desarrollo.
Me encanta, gracias.
Roberto Rodriguez Sanchez
30 Octubre 2009 a 04:03